Un voluntario en Bolivia con las Hijas de Jesús
A LA BUENA DE DIOS
Hace unos meses, en Madrid, un buen amigo me preguntó el porqué de irme a Bolivia en verano. Mi respuesta fue inmediata: ¿y por qué no?
¿Por qué no viajar lejos, por qué no dar lo que uno pueda y recibir lo que otros quieran darte, por qué no fiarse? ¿Por qué razón hemos de pensar todo tanto? ¿No es más simple escuchar la llamada y responder comprando un billete, haciendo una maleta, subiéndose a un avión y cruzando el Atlántico? ¿Acaso los enamorados piensan todo tanto? ¿Por qué ser cristiano tendría que ser distinto?… Así me fui yo a Bolivia, a la buena de Dios…, y nunca mejor dicho.
Ahora, ya de vuelta en España, no sé muy bien con qué criterios evaluar lo poco que he entregado y lo mucho que he recibido. Y no es el típico tópico de la (in)modestia: he entregado infinitamente menos de lo que he recibido.
Ayer pensaba que si esto del cristianismo fuera un empresa multinacional, con sus proyectos, objetivos, balances y auditorias, a mí ya hace tiempo que me habrían puesto de patitas en la calle por incompetente… ¡Menos mal que no es así! Porque, ¿qué he podido yo dar en este mes en Buen Retiro e Irpa-Irpa? ¿Unas clases de apoyo, unos cuantos kilos de papas pelados al sol de la tarde, alguna que otra gracia dicha a destiempo?
Pero, ¿cómo digerir lo recibido? ¿Qué hago yo ahora con la pobreza, la dignidad, la alegría, la sencillez, el esfuerzo, la generosidad, el ejemplo, la injusticia y la justicia, con las palabras, los gestos y las imágenes? ¿Qué hago yo ahora con ese rostro de Dios que no entiende la regla de tres pero tiene la mirada más limpia que he visto jamás? ¿Qué hacer con ese Dios capaz pero sin recursos que desea estudiar en la universidad pero que tiene
a su familia malviviendo en el campo? ¿Qué hacer con ese Dios tímido y moreno que dice tener la cabeza hueca para el estudio pero que me ha sonreído todas y cada una de las veces que nos hemos cruzado? ¿Qué hago con ese Dios en guardapolvo o en uniforme, de ojos rasgados y hablar quechua que se me ha regalado a mi, pobre hombre rico? ¿Qué hacer con ese Dios de aguayo a la espalda, mirar cansado y seis o siete hijos a su cargo?…
De Bolivia me llevo un tesoro en forma de Dios encarnado: nadie sabrá nunca el bien que me habéis hecho.
Nos seguiremos viendo, claro que sí, en la mejor red social que existe en este mundo de tecnologías: la oración y la Eucaristía.
Ojalá el año que viene pueda yo volver y vosotras acogerme de nuevo.
Ratukama, amigas.
Alberto Vara
Voluntario de España